Así comienza Heinrich Zimmer (quién mejor me ha enseñado a mirar el arte y la cultura hindú) su monumental obra póstuma Philosophies of India (Meridian Books, 1956):
“Nosotros en Occidente estamos a punto de llegar a una encrucijada que fuera alcanzada por los pensadores de la India como setecientos años antes de Cristo. Esa es la verdadera razón por la cual nos inquieta a la vez que nos estimula la confrontación con las ideas e imágenes del saber Oriental…”
El Mahabharataes el gran libro testimonial de aquella encrucijada a la que llegara hace unos tres mil años la civilización hindú. Narra los estertores cataclísmicos de un agónico mundo que llegaba a su fin, entreverado en una saga prometeica con los vagidos de un mundo nuevo que irrumpía a empellones desde sus vísceras. Un mundo nuevo, pero no un mundo mejor, en el cual según los hindúes vivimos aún, y al que dan el nombre de “Kali Yuga”: la era de la perfidia y la ignominia. Cambio de era que Vyasa, el real o mítico autor de la obra, relata con imaginación insuperada y tan apasionado como profundo corazón, entrecruzando las vidas y destinos de varias generaciones en una saga repleta de sorpresas y revelaciones.
Shakespeare escribe durante otro punto de inflexión, no menos cataclísmico, de la humanidad, sucedido en Occidente esta vez: el Renacimiento, o cambio de era desde el medioevo a la modernidad en la que ahora todavía vivimos. Mundo, entonces emergente, acerca del cual Shakespeare no se hace ilusiones, aunque tal vez no lo imagine tan despiadado como los hindués pintan al mundo que naciera por la época del Mahabharata. Sin embargo, aún está por verse si acaso éste mundo nuestro ha sido un mundo mejor, o si no ha sido un poco menos funesto que Kali no más, una época también catastrófica para la humanidad, cuyas peores catástrofes quizá estén aún por venir. En sus obras el “Cisne del Avon” (todos sabemos cuándo cantan los cisnes) entrega también un testimonio, con imaginación y pasión no menores que las de su precursor Oriental, de aquél traumático tránsito entre dos mundos, con sus acertijos y encrucijadas.
Hay quienes piensan, como Zimmer en la cita del comienzo, que nos hallamos en los albores de otro cambio de era o recambio de mundos, período al que:
“Deberemos entrar de nuestras propias maneras, resolviendo por nosotros mismos sus interrogantes, pues aunque la verdad, el fulgor de la realidad, es universal, aparece de manera distinta en distintas eras y lugares, dependiendo de los materiales que la vida allí provee.” (Zimmer, 1)
¿Qué materiales nos estará hoy en día proveyendo la vida, qué nuevas miradas y conductas nos podría estar proponiendo, que pudieran ser caldo de cultivo y almácigo de una nueva era? ¿Qué ímpetus, qué fuerzas, qué miradas serán las llamadas, si acaso, a inseminarle otra era a este mundo de hoy? Y, la pregunta de las preguntas… ¿irá a ser mejor o peor ese mundo?
Estas y otras preguntas examinaremos en este curso taller conmigo y Andrea Brandes, cruzando personajes y episodios del Mahabharata con otros de Shakespeare, para detectar si en esta época nuestra hay fuerzas, ímpetus, miradas, conductas e ideas análogas a las que Vyasa y el Cisne de Avon identificaran como las agencias cruciales en provocar sus históricos cambios de mundos.
Shakespeare y Mahabharata: creatividad y cambio de era Fechas y horas: Lunes 2, 9, 16, 23 de Junio 2014, 19:00 – 21:00 horas Dirección: Nueva Costanera 3355 (Nva Cost 3355, en Google Maps), Vitacura. Contacto: Andrea Brandes: celular 9919 5795 – Enzo Cozzi: celular 5667 8829 Valor: $80.000. Estudiantes: $40.000
Lámina del Mahabharata – Balabhadra combate a Jarasandha
El siguiente enlace te llevará a una entrada escrita por mí en el sitio web de La Akademia (un “estanque de pensamiento” dedicado a repensar la educación), acerca de una pregunta que me hicieran en la Universidad Mayor sobre qué carencias yo percibía en la educación chilena, y la curiosa respuesta que dí:
Bueno, ya realizamos, con un buen grupo, una primera ronda del curso taller alrededor del universo del Mahabharata, y quedamos todos con gusto a poco.
Fueron cuatro sesiones bien paladeadas, no sólo por el surtido de viandas que pongo en la mesa para degustar. También porque el Mahabharata hizo entre nosotros lo suyo, aquello que yo de antemano me atrevía confiar en que haría, porque es algo para lo que ese famoso libro es “mandado a hacer”: trastocar la mirada.
Contrariarla primero, con dilemas, sorpresas, paradojas, cambios de punto de vista y vuelcos imprevisibles (¡pero de una lógica!). Y recomponerla después, tras habernos volteado sutilmente, aunque sea por un ratito, el escorzo con que habitualmente contemplamos, o sentenciamos, las cosas del mundo.
No nos habrá abierto tremendos postigos hacia otras miradas, como me atreví a sugerir, con una pizca de grandilocuencia, en el nombre de esa primera vuelta del curso. Pero de abrirnos, algo nos abrió, aunque fueran ranuras, visillos o fugaces ojos de buey.
¿Hacia dónde?
Hacia el propio mundo que nos rodea, o mejor dicho que nos invade: el mundo de nuestras propias certezas, pero mirado como por vez primera, como visto de afuera y con algo de extrañeza. Y ofreciendo también sugerencias para volver a razonar desde cero ciertos avatares de nuestras propias vidas, que hasta ese momento nos aparecían arbitrarios, inexplicables (“la suerte, el azar, el destino”), carentes de significado.
Significado, para el Mahabharata, es algo de lo ninguna cosa en el mundo puede carecer. Ninguna. Y menos las cosas que atañen a esta “cosa pensante” que somos, al decir de Descartes. Vuelvo aquí a citar al pensador francés a propósito del Mahabharata, porque hay demasiadas resonancias entre las preguntas que propone el texto hindú y aquellas del fundador de nuestra moderna epistemología. Y ambos proponen esas preguntas de seriedad infinita (palabra que recurre una y otra vez, tanto en la meditación cartesiana como en la épica hindú) como jugando…
Es que para el Mahabharata los supuestos azares del destino siempre se deciden en un juego donde los dados están cargados. Por eso el gran libro apremia a su lector atento e imaginativo (y bien guiado) a presentir por dónde se podrían haber venido cargando los dados del suyo. Ese es un efecto potente. Y potencialmente transformador de la mirada.
Ese es el efecto que siempre me atrevo a confiar que el Mahabharata va a producir entre quienes vayan aprendiendo a leerlo. Así es como uno de los participantes resumió su experiencia dibujando una sencilla lámina donde aparecen dos dados; otro se remontó al “fortuito” primer encuentro con quien sería su mujer; otra escribió: “Fue increible el taller, yo llegaba a mi casa muy emocionada… sigo leyendo el libro con mucho entusiasmo y lo que te enseña para la vida es muy preciado” ; y una cuarta persona escribió: “Descubro el Dharma en el alma de mi abuelo olvidado… el pasado que vuelve… dando sentido a algunos dolores…”
Por eso he decidido repetir este taller. Hacerlo de nuevo, para llegar a nuevos lectores con esa su especie de magia al revés, que nos revela nuestras propias zonas olvidadas u ocultas.
Taller: “Un día con el Mahabharata – formas de aproximarse al libro y sus relatos” Duración: 1 día completo, 8 horas. Metodología: Seminario/taller presencial con apoyo audiovisual y de objetos, y también por internet. Valor: $30.000 por persona. Fecha: Domingo 10 de Noviembre 2013 11:00-18:00 horas
Como es usual en mis cursos, dispondremos de cositas ricas para picotear, y para el almuezo les prepararé mi propio CURRY DE ZAPALLO con semillas de cilantro y mostaza.Local: la sede del Centro de Aromaterapia Osmanthus y la Escuela Chilena de Feng Shui, dirigidos por mi esposa Sylvia Galleguillos: Av. Nueva Costanera 3355 Vitacura, Santiago (“Nva Cost 3355, Vitacura” en Google Maps).
Inscripciones: en mi celular: 5667 8829, o a través de la página de “Contacto” de este mismo sitio web.
“Las flechas de sus armas ilusionistas cubrían el cielo…” (Mahabharata)
Es sabido que René Descartes inaugura la epistemología (o reflexión acerca de qué podemos saber) de la modernidad occidental, con el famoso: “Pienso, luego existo”.
El pensamiento, como ninguna otra experiencia somática o corporal, es la prueba concluyente de la existencia, medita Descartes. Porque puedo dudar de todo, hasta de que tengo un cuerpo, mas no puedo dudar de que pienso, puesto que la duda es en sí un acto de pensamiento. Y si pienso, existo. Porque ¿cómo podría algo inexistente, pensar?
Es menos sabido que Descartes debe dar otro paso – una movida forzada – para contrarrestar una difícil objeción. Lo hace mediante un famoso experimento mental, con el que hasta el día de hoy se quiebran la cabeza los epistemólogos. En ese experimento se pregunta: ¿Y si la creencia de que dudo, y por lo tanto de que pienso, no fuera sino una ilusión, un engaño promovido por algún demonio o prestidigitador infernal? ¿Entonces qué?
¡Ah!, aún así, concluye triunfalmente Descartes, le queda una última certeza que ningún demonio le puede quitar, y es que para que algo pueda ser engañado, también debe existir. Si mi creencia de que pienso fuera producto de un engaño, es que soy algo engañado, ¡luego igual existo!”
“Soy engañado, luego existo” es la verdadera piedra angular de la epistemología de la modernidad occidental, tal como la funda Descartes. Se necesita apelar a una ilusión primigenia para poder en última instancia saber con certeza que algo siquiera sabemos, es decir que existimos. Aunque sea una existencia predicada desde el engaño. Sin presuponer aquél engaño fundacional, no habría cómo saber nada a ciencia cierta, ni si acaso existimos siquiera.
Descartes le da el papel epistemológico de operar como agente del engaño a un demonio, porque la alternativa sería dárselo a Dios, y al padre de la epistemología moderna no le cabe en la cabeza que este último pudiera prestarse para andar engañando, ni siquiera con el fin altruista de así permitirnos saber algo siquiera: por lo menos que existimos.
Un gesto epistemológico parecido – la ilusión o engaño como garantía de la existencia – ya lo había acometido la filosofía hindú, su buen par de milenios antes de Descartes, sólo que sin la religiosa inhibición cartesiana.
Ese es un tema que cruza de incontables maneras aquella exuberante urdimbre imaginativa que es el Mahabharata, texto que por décadas me ha fascinado y que por estos días ha vuelto a maravillarme, por estarlo releyendo y enseñando.
En el Mahabharata también sólo nos consta que existimos porque podemos ser víctimas de la ilusión, del engaño, y allí es la propia deidad suprema la principal agencia ilusionista: “El dios primordial, Narayana, de inconcebible energía e infinitas ilusiones…” (Mahabharata, Shanti Parva 64), “El mundo es como la espuma del agua, envuelto en centenares de ilusiones que emanan del supremo Vishnu…” (Mahabharata, Shanti Parva 303). La existencia es Maya, ilusión, engaño, y todas las criaturas existimos en virtud de esa ilusión generativa. Sin ilusión, no hay existencia.
Es más, la capacidad de ir tejiendo más trama ilusoria en la urdimbre de Maya, y así generando nueva existencia, no es sólo privilegio de los dioses. También es atributo de demonios, guerreros y sabios clarividentes: “Todos ellos eran maestros en centenares de ilusiones, y podían asumir la forma que quisieran…” (Mahabharata, Shanti Parva 227)
También las armas sobrenaturales que dioses, demonios y guerreros esgrimen unos contra otros para privarse de la existencia en el Mahabharata, todas dependen de la ilusión: “Oh señor, el disco de Vasudeva (un nombre del Dios supremo), capaz de tomar cualquier forma para destruir a todo adversario, depende de la ilusión…” (Mahabharata, Sanat-sujata Parva, 68) y “Es mediante mis poderes ilusionistas y encendido con deseos de triunfo que entro a combatir, esperando la victoria o la muerte…” (Mahabharata, Uluka Dutagamana Parva, 173)
La muerte, en esta lectura epistemológica del Mahabharata que estoy persiguiendo, debe aquí ser entendida como el quiebre de la ilusión, del engaño cartesiano, con la consiguiente extinción de toda capacidad de saber, y el tránsito mental hacia una ausencia irrevocable del pensamiento y por lo tanto la inexistencia. En el Mahabharata se llega a la muerte por un insuficiente poder de vivir mediante ilusiones, y con el morir se acaba de abdicar del todo de ese poder.
Por eso, quizá, sea tan importante para tal epistemología (insoslayable, tal vez, si lo pensamos) la idea de reencarnar, de poder volver a nacer. O mejor dicho: de deber volver a nacer, y eso para ambas epistemologías, tanto la contemporánea fundada por Descartes en unas cuantas escuetas meditaciones, como aquella antiquísima que con tan deleitosa exuberancia despliega el Mahabharata en sus miles y miles de páginas.
En un paso que podría ser tan forzado como el del demonio ilusionista cartesiano, quizá se haya de deber renacer una y otra vez, para así poder seguir rescatando de la nada la pregunta fundamental de si no estaré otra vez siendo engañado. Con la consiguiente – y dichosa – constatación cada vez de que, si me estoy preguntando de nuevo si no estaré siendo engañado, ya sea por el infinito manto ilusionista de Maya o por un maléfico demonio a lo Descartes, es porque existo, ¡he pensado (PENSADO) y he vuelto a existir!
Cuando hace unas semanas atrás publiqué en estas mismas páginas unas reflexiones sobre el impacto en mi vida y en la de mi hijo del gran clásico hindú Mahabharata, no esperaba tantas expresiones de interés como he recibido. Es más, han surgido personas acicatéandome a dar a conocer este maravilloso texto en nuestro medio. Entre ellas, decisivamente, mi amiga Carmen Pinto, compañera de aventuras profanadoras de la “academia”, y profunda conocedora de la India, país que ha recorrido más de una vez. Ella me lanzó el guante final.
Entonces mi respuesta fue: “¿Por qué no?”. Si hay avidez, yo ciertamente tengo el entusiasmo, mejor dicho la pasión para guiar de manera eficaz y placentera por el fascinante imaginario de la epopeya hindú, que es sin duda una cumbre exuberante de la creatividad humana, y que merece con creces ser mejor conocida en nuestra parte del mundo.
O podría proponerlo al revés: si hay avidez, yo pongo el entusiasmo para guiar, a quien quiera sumarse, en la aventura de explorar si acaso nosotros nos merecemos el Mahabharata. Es decir, si disponemos de los recursos mentales para disfrutar imaginativamente de un mundo tan “otro”, y si tenemos la capacidad de aplicar sus lecciones en nuestra cotidianeidad, por ejemplo para ayudarnos a mirar alrededor nuestro de maneras novedosas. Y de ese modo analizar desde nuevas perspectivas los dilemas, acertijos y encrucijadas (a veces triviales y a veces terribles) que nos va arrojando la vida, y así resolverlos mejor. Aquello en ámbitos tan diversos como el amor, la crianza de los hijos, la vocación, los conflictos, el ganarse la vida, la amistad, etc. Porque aquél es uno de los papeles que el Mahabharata ha jugado en su propia cultura, por unos cuántos milenios. ¡Y de qué manera!
Y no es cosa de entusiasmo tan sólo, pues tengo también el “Know how“, el “Saber cómo”. Por quince años, diversos episodios del Mahabharata figuraron destacadamente en clases y talleres de Terapia teatral y ritual y Teatro y rito en la educación que impartí en Gran Bretaña. En la universidad, en colegios, escuelas especiales, centros comunitarios, cárceles y hasta en parques y plazas.
Si en mi bodega acá en Santiago hasta tengo guardada una hermosa “Caja para narrar” que me mandé a hacer años atrás, inspirada en unos hermosos retablos hindús dotados de múltiples puertecitas y postigos que se pueden ir abriendo para ir viendo distintas escenas tras ellos pintadas. Por milenios los miembros de la casta hindú de maestros itinerantes han usado esas cajas para instruir a sus comunidades mediante las historias del Mahabharata y otros clásicos de su antigüedad.
Así que, visto que hay avidez, entusiasmo y “Know how“, pienso que ha llegado, pues, la hora de rescatar mi caja hindú de sorpresas de su demasiado largo encierro, sacarla a la luz y empezar a abrir aquellos fascinantes postigos para ir guiándonos hacia esas otras miradas.
Curso: “Abriendo postigos hacia otras miradas – lecturas guiadas del Mahabharata”
Duración: 5 sesiones de dos horas, una vez por semana en jornadas vespertinas. Si persiste el interés, podremos abrir otra serie de 5 sesiones más adelante (el Mahabharata es inagotable). Metodología: Seminario/taller presencial con apoyo audiovisual y de objetos, y también por internet. Con lecturas para disfrutar en casa entre sesión y sesión. Valor: $75.000 por persona. Fechas:
Miércoles 21 de Agosto 2013 19:00-21:00
Jueves 29 de Agosto 2013 19:00-21:00
Jueves 5 de Septiembre 2013 19:00-21:00
Jueves 12 de Septiembre 2013 19:00-21:00
Sábado 14 de Septiembre 2013 11:00-13:00
Como es usual en mis cursos, durante las sesiones dispondremos de cositas ricas para picotear, y terminada la sesión final, el sábado 14 de Septiembre a las 13:00, compartiremos un Curry de zapallo con semillas de mostaza, preparado por mí.
Local: la sede del Centro de Aromaterapia Osmanthus y la Escuela Chilena de Feng Shui, dirigidos por mi esposa Sylvia Galleguillos: Av. Nueva Costanera 3355 Vitacura, Santiago (“Nva Cost 3355, Vitacura” en Google Maps).
Inscripciones: en mi celular: 5667 8829 o el de Carmen Pinto: 9226 4208, o a través de la página de “Contacto” de este mismo sitio web.
Retablo hindú para narrar historias del Mahabharata y otros clásicos
Mahabharata: sermón del dios Krisna a Arjuna antes de la guerra
Crepúsculo de primavera en Shanghai, año 2013. Estamos cenando con Sylvia, mi esposa, y nuestro hijo Danilo, quien vive en Shanghai, en el barrio Concesión Francesa, nombre que es testimonio del “Siglo de humillación”, durante el cual las potencias europeas forzaron militarmente a la China a “concederles” su patrimonio y sus riquezas, mientras ella – hasta entonces y desde tiempos inmemoriales el pais más rico del mundo – se sumía en el opio y la miseria.
La cena es italiana. Algunas noches antes habíamos cenado hindú. Eso lleva la conversación hacia lo que los tres debemos a distintas culturas: la italiana (mis ancestros), la francesa, la hindú, la de los indígenas norteamericanos, la china, la inglesa (obviamente, pues vivimos allí tantos años y Danilo es inglés de nacimiento) y otras que han venido a tocar nuestras vidas con variados ímpetus en distintos momentos.
A propósito del barrio, yo doy el ejemplo del puñado de pensadores franceses que merodean hace años por mi mundo mental: Rousseau, Lévi-Strauss, Bataille, Derrida y otros más. Por su parte Sylvia hace reminiscencias de su intensa pasión de otra época – pero que aún le chisporrotea en el brasero interior – por la cultura hindú, país que ha recorrido de norte a sur, templo tras templo, más de una vez.
Mientras la escucha, Danilo súbitamente exclama:
“¡Ah, cómo me gustaría releer el Mahabharata!”
El Mahabharata es el clásico hindú que yo le leí cuando era niño pequeño antes de irse a dormir, a lo largo de un año o algo así, lectura que tuvo tal impacto en mi que usé el Mahabharata durante décadas como fuente de inspiración para talleres y clases de Rito Terapia y Rito Educación. Mientras recordamos distintos episodios de la epopeya, cruzándolos con otras lecturas de almohada que hiciéramos a través de su infancia – tales como los mitos de los indios norteamericanos de las praderas – a Danilo se le van humedeciendo los ojos, y nos dice que está a punto de ponerse a llorar.
En los ojos de mi hijo contemplo entonces, inesperadamente, el impacto que esas narraciones tuvieron en él, quizá más certero que aquél que tuvieron en mí. ¡Veinte y tantos años después, y la emoción le vuelve a aflorar como en la primera noche! Con parecida intensidad a la de aquellas noches en que su corazón apenas en formación ya se trababa con los dilemas éticos de los personajes del mito, y se rebelaba llorando contra la muerte de algún héroe, que otro héroe pudo haber evitado, mas optó por no hacerlo: “¿Por qué? ¿Por qué no lo ayudó?” Pregunta que yo no atinaba a responder…
Con la conversación todavía fresca en la memoria, ya lejos de Shanghai y de paso por Londres, entro en una librería y le compro a Danilo el Mahabharata, con la intención de mandárselo a China. Pero en el avión de vuelta a Chile comienzo a hojearlo, y el hojeado se convierte en relectura. Un mes después, aún no se lo he mandado y voy ya por la mitad del libro (que es enorme): en el episodio de la muerte de Bhishma, el héroe del Mahabharata cuyas peripecias más han figurado en mis clases y talleres de Rito Terapia y Rito Educación, por la riqueza y densidad de los dilemas existenciales que proponen al corazón del lector.
Mahabharata: Bhishma en su lecho de flechas
En ese momento, con Bhishma yaciendo en su lecho de flechas y otro héroe, Arjuna, haciendo manar una fuente de la tierra de un mágico flechazo, para calmarle al agónico guerrero la sed inducida por el desangramiento, hago un alto en la lectura. Acudo a la introspección para cobrar conciencia de la diferencia entre el impacto que tiene hoy sobre mí esta lectura y aquél que tuviera hace veintitantos años atrás.
Y esa diferencia la puedo resumir así:
En mi lectura pasada lo que más me conmovía, me maravillaba, y me dejaba largamente pensando, era la dimensión puramente humana del relato. Y de aquella, sobre todo su expresión ética y existencial. Si bien el Mahabharata es un intrincado mosaico de enredos entre dioses, demonios, animales y seres humanos, mi filtro mental depuraba ese mosaico hasta obtener una especie de limpia acuarela. Acuarela sutil, refinada, desde luego, con sus gradaciones y claroscuros; pero más plana, al fin y al cabo, que el mosaico original. De ella había limpiado no solamente todo lo sobrehumano y sobrenatural, sino también todo aquello que rebasara lo ético y existencial. Hasta de las vicisitudes del dios más complejo – de Indra o de Krisna, pongamos por caso – extraia exclusivamente aquellos materiales instigadores de acertijos del tipo: “¿Cómo vivir, cómo conducirse, cómo actuar?”
Estaba, supongo, en la época de mi vida en que mi pensamiento – mi manera de inquirir y preguntar – estaba centrado en los problemas de la acción. En sus orígenes, sus variables y complicaciones, y sus resultados. Y mi lectura del Mahabharata, como las de Shakespeare o de Ibsen o Rulfo, o de quienquiera que fuese que estuviera por entonces leyendo, venía a nutrir preferentemente esa reflexión, por sobre otras posibles.
En esta lectura actual, por su parte, noto que ni estoy depurando la dimensión sobrehumana, ni son exclusivamente las provocaciones éticas y existenciales lo que me maravilla y deja pensando. Aquella lectura de antes sigue intacta, no es que haya renegado de ella, pues hay pocas cosas olvidables en el Mahabharata. Mas cuando ahora vuelvo a contemplar a ese Bhishma inolvidable esperando su “propia muerte” (frase de Rilke), no se presentan a mi conciencia tan sólo los tremendos dilemas morales que ha debido como ser humano en su vida enfrentar, con sus magníficas maneras de resolverlos. Se me presenta también Bhishma como el dios que también fuera, el semidiós que también es, y el dios que volverá a ser, mientras se halla postrado allí tras haber vivido miles de vicisitudes e interactuado con multitud de otros dioses, demonios y humanos toda una vida.
Arjuna, a su lado, también se me presenta ahora, normalmente y sin necesidad de depuración ninguna, como otro que es mitad ser humano y mitad dios. Rodeados ambos de un vasto cenáculo de otros dioses, semidioses, demonios, semidemonios, animales y seres humanos. Y todos ellos conjuran un universo mental donde dioses y hombres y otras presencias interactúan de manera cotidiana y en total libertad. Si mi ruta de antes por este relato se dió casi exclusivamente por cauces éticos y existenciales, la de ahora rompe la monotonía y añade otro cauce. O me retorna a otro más esencial: una lectura epistemológica. La introspección hace presente a mi conciencia que todo ese ensamblaje de personajes está también ahí para ayudarme a flexibilizar – para fracturar o remover del todo – los límites y rigideces dentro de los cuales se mueve mi acto mismo de pensar.
Será porque estoy en esta otra etapa de la vida, donde mi pensamiento – las interrogantes que me motivan – está más centrado en los propios acertijos del pensamiento: “¿Cómo pensar? ¿Cómo y qué podemos saber? ¿Cómo es lícito y cómo es ilícito pensar? ¿Dónde están las fronteras de lo admisible como real para el pensamiento?”
Imaginemos lo admisible como real para el pensamiento como un país… nuestro país mental. ¿Es chiquitito, como una Andorra o un Luxemburgo, o es vasto y está llena su cartografía de regiones fantásticas y misteriosas, como un México o un Brasil?
El país mental a dónde nos traslada el Mahabharata es tan vasto y multifacético como todos los universos mentales que conviven – o han convivido históricamente – en un México o en un Brasil. Y Hastinapura es su capital. Allá es adonde ahora quisiera volver, si es que alguna vez he salido, a ultramar de mis maestros de pensamiento europeos. Y conminado a volver allá por mi propio hijo menor, desde otro horizonte mental inconmensurable: la China. Volver a Hastinapura, o despertar en ella un día de estos, si acaso hubiera vivido siempre en ella, pero como sonámbulo, narcotizado por una epistemología que no tolera la existencia de más dimensiones que la humana.
Primavera de 2013. Sylvia Galleguillos, mi esposa, está enseñando Aromaterapia Sutil en Beijing. Una noche, tras su clase, salimos a visitar el futurista Centro Nacional para las Artes de la Representación – o Teatro Nacional – hacia el oeste de la plaza Tiananmen.
Emergemos del metro directamente dentro de la antesala del Teatro, junto a las taquillas. En cartelera esa noche, entre otros espectáculos, está Edipo Rey de Sófocles. Para los meses siguientes están anunciados Antígona, del mismo autor, y Otelo, de Shakespeare. Las tres obras por la compañía estable del Teatro Nacional. “Interesante”, me digo, “tres pilares de la cultura occidental, montadas en serie…”
Invito a Sylvia a ver Edipo Rey la noche siguiente. No puede, tiene su agenda colmada. Me sugiere invitar a Yao Yuxian, director de la Escuela Aromatime, donde está enseñando. Lo llamo y acepta de inmediato; “será un honor para mí”, dice. Con las entradas ya compradas salimos hacia el parque que rodea al edificio. Caminamos por el borde de la vasta pileta circular que lo rodea, contemplando desde las sombras la asombrosa estructura. Es un domo de vidrio forma elíptica que pareciera flotar sobre el agua quieta. En esa límpida quietud la imagen real se une a su reflejo para completar una elipse perfecta brillando en la noche. “Extraordinario… extraordinario…” se comentan uno a otro al pasar dos transeúntes argentinos. Sylvia Galleguillos delante del Teatro Nacional de Beijing
Parece un grano de arroz gigantesco, un huevo de reptil o tortuga (¿tal vez de dragón?), una burbuja iridescente, una cápsula futurista. Pero sobre todo un capullo de gusano de seda. La armazón metálica sugiere los filamentos de la seda igual como aquella del estadio Nido de Pájaros – que a esta misma hora incandesce rojo en la noche unos kilómetros más al norte – sugiere ramitas entretejidas.
“Tejido”. Palabra clave que nos va a descifrar todo el recinto. No sólo tejido de seda, esa materia prima – y símbolo – capital de la civilización china. También tejido del cielo y la tierra, de la luz y la sombra, del fuego y del agua, de lo cenital y lo abisal, pues el imponente capullo aparece seccionado en dos hemisferios por una curva sinuosa. Uno transparente que resplandece con la actividad de su interior y que mira hacia el oriente, dirección de la vida en la cosmovisión china. El otro negro y constelado como la noche que sobre el conjunto preside, mirando hacia el oeste, dirección de la muerte.
Ambos hemisferios juntos dibujan el inconfundible signo Yin Yang, símbolo matriz de esta cultura, que simboliza la zona de roce o fricción entre todo lo luminoso y todo lo oscuro, desde verano e invierno hasta felicidad y tristeza. Y el medio que permite todos esos efectos es el agua, ese otro arquetipo germinal de la mente china y que motiva algunas memorables reflexiones confucianas.
La noche siguiente volvemos con Yao Yuxian a ver Edipo Rey. Nuestra lectura del espacio del Teatro Nacional, que le comento al llegar, es nueva para él, pero le hace inmediato sentido. Es más, lo estimula. Le van brillando los ojos mientras me va interpretando los espacios interiores del teatro en función de esa misma lectura, sobre todo el tema de la seda, enriqueciéndola con matices que a mí se me hubieran escapado. Y más tarde, tras la función, va a hacer lo mismo con mi lectura del espacio exterior. Por ejemplo, la negra caparazón del lado poniente, piélago inmenso apenas constelado por unos inciertos archipiélagos de luz, le sugiere la insignificancia de lo sabido ante la vastedad de lo ignorado, tema predilecto del daoísta Zhuangzi (a quién él no menciona).
Edipo Rey. “Drama germinal de la modernidad occidental. Si no hubiera habido Edipo Rey no habría habido Freud. Por lo menos no el mismo Freud. Y sin ese mismo Freud ni el pensamiento, ni el lenguaje, ni las emociones del siglo 20 habrían sido las mismas.” Así le describo a mi invitado la obra que vamos a ver. Pero al irla viendo descubro que la versión china del Edipo Rey debe tanto a Sófocles como a esos arquetipos chinos que nos circundan. Y súbitamente me encuentro ante una puesta en escena que nos habla también, en sus simbolismos, acerca de la China de hoy. Y de mañana, tal vez.
El escenario ha sido dejado en bruto. Sólo la gran caja negra, con ausencia total de color. La iluminación es casi horizontal, dura, cortante. Barre la zona del escenario donde se halla el actor que habla, dejando todo lo demás en las sombras. No hay claroscuros a la manera italiana, sólo ásperas fricciones entre la luz y la sombra, un permanente Yin Yang como aquél del propio Teatro Nacional visto de afuera.
Tampoco hay decorado, excepto una enorme plataforma cuadrada, negra también, que pende oblicuamente sobre el elenco, como la tapa de un libro a medio abrir – o a medio cerrarse. En la cosmovisión china, el cuadrado representa la madre tierra que nos sostiene y nos permite crecer. Sólo que esta madre tierra pende sobre Edipo y el universo del drama, en lugar de sostenerlos. Bajo el vértice de aquella tierra pendiente ocurre toda la acción, y el vértice se va a ir cerrando imperceptiblemente a medida que Edipo vaya deduciendo, silogismo tras implacable silogismo, la terrible lógica de su destino. Ya al borde de la final revelación – su asesinato a pesar suyo de su propio padre y posterior seducción de su madre – la plataforma ha descendido tanto que los tebanos (¿sólo ellos?) deben andar encorvados debajo de ella, como personajes de un libro a punto de cerrarse (¿la China milenaria, la actual?).
Tras la revelación la plataforma se invierte y cambia de color. Ahora es blanca, el color funerario en China, y abre su vértice hacia el fondo del escenario. Sobre ella un Edipo que ahora ya se conoce a sí mismo, y ha puesto finalmente los pies sobre la tierra. Pero está allí desconsolado y manando sangre desde las cuencas de sus ojos que él mismo en expiación ha vaciado, sangre que escurre por esa madre tierra vestida de blanco luto, formando un delta sobrecogedor, hacia nosotros. Edipo Rey en Beijing Abril 2013
Tras descubrir Edipo el holocausto del padre y la seducción de la madre, se ha vuelto a abrir el libro de Tebas (¿o China?), sólo que esta vez ese mundo queda desconocido y oculto para los espectadores.
Dada la arquitectura del Teatro Nacional, el escenario queda debajo de la zona Yin del edificio: ese piélago oscuro que mira hacia el oeste, apenas pespuntado por una que otra lucecilla. Aquí aparece todo el sentido de la alusión de Yao Yuxian que narro más arriba. Ese libro ya no se estaría abriendo hacia el este, dirección de la historia y de lo conocido en el pensamiento chino, sino hacia el oeste, su dirección del futuro, la incertidumbre y lo desconocido.
Para calibrar la vastedad de aquella incertidumbre en la China de hoy, podemos preguntarnos qué podría significar para la psiquis china el asesinato del padre y la seducción de la madre. Una posible respuesta la da Mencio, ese formidable confuciano. En China esos son crímenes más horrorosos y abominables que para nosotros. Aunque tu padre sea el criminal más perverso, tu inviolable deber como hijo es protegerlo de la justicia, incluso si tu propia vida que has llevado hasta ese momento, se hace inviable con ello, argumenta Mencio en un pasaje que da mucho a pensar.
¿Entonces qué hacer, cómo pararse, ante un destino que te podría estar condenando a asesinarlo, es decir a “matar” tu cultura y linaje ancestral, y a violar a tu madre, es decir a tu tierra y sus tradiciones, aunque sea a tu pesar…?
Nuevas incógnitas que abre para su público este Edipo Rey en Beijing, una vez que Edipo, para su eterna desolación, ha ya descifrado las suyas.